Sobre la Inclusión, la educación, el bienestar y otros bichos financieros

Written by on 3 Julio, 2018

Me parece que estoy viviendo un “Dejá vu” con algunas nuevas investigaciones en el sector financiero. Pero en esta oportunidad no se refiere al micro crédito tradicional, que por años cuestionamos, mientras todo el mundo aseguraba que era la panacea para resolver la pobreza. Ahora el “Dejá vu” apunta hacia el concepto de “inclusión financiera

Un interesante artículo publicado recientemente por Sonya Kelly y Evelyn Stark donde comentan el estudio Gallup sobre “salud financiera” (https://nextbillion.net/does-greater-inclusion-lead-to-financial-health/) se pregunta si una mayor inclusión conduce a la salud financiera

La pregunta en sí, denota ya un grado de cuestionamiento que, a mi juicio, no solo es sano, sino que parece despertarnos de muy largo letargo en al cual, al igual que ocurrió con el micro crédito, dimos por válido las bondades de la inclusión financiera.

Lo primero que señala el estudio es que existe una relación débil entre poseer una cuenta bancaria y percibir que se tiene “seguridad financiera”. EL estudio indica que, “En Kenia, por ejemplo, el 82% de las personas tiene una cuenta, pero solo el 9 por ciento tiene seguridad financiera. Y en Bangladesh, el 50% de las personas están incluidas financieramente (es decir, tienen una cuenta), pero solo el 7 por ciento están financieramente seguros. Incluso en los Estados Unidos, que también gasta importantes fondos filantrópicos y gubernamentales para aumentar la salud financiera, solo el 33 por ciento está seguro a pesar de que el 93 por ciento tiene una cuenta.

Esto no quiere decir que la inclusión financiera es mala o no deseable, de hecho, hay una valorización positiva de la misma, pero no porque ella lleve a una mayor salud financiera, sino que la gente valoriza el hecho de que se ahorra tiempo pues las transacciones son más rápidas y seguras.

Es allí donde las personas reconocen el valor de la inclusión, pero como bien señala el estudio, eso no necesariamente lleva a la gente a tener mayor bienestar financiero. De hecho, estas facilidades tecnológicas, al igual que ocurrió con el boom de la industria del micro crédito, muchas veces, estimula los gastos superfluos e inclusive, en sectores más vulnerables, incita al juego y al consumo de productos que no agregan valor a sus economías.

No se trata de negar el avance tecnológico y su importancia, se trata de valorar adecuadamente estos avaneces y llamar la atención sobre los verdaderos resultados en el largo plazo.

A mí por ejemplo me sorprende, por no decir que me contraria, la manera ligera en que muchas grandes empresas de tecnología e inclusive organizaciones de cooperación internacional, han puesto el énfasis en estimular, sin profundizar en las consecuencias, el desarrollo de la industria FINTCH. Prácticamente todas las convocatorias de apoyo y la mayoría de los premios, son orientados a estimular el desarrollo de “tecnologías para la inclusión financiera”.

Pero al igual que hace 20 años cuestionamos la conveniencia de dirigir tal cantidad de recursos a estimular el endeudamiento a través del micro crédito, ahora queremos llamar la atención sobre la necesidad de revisar las consecuencias que pudiera traer esta nueva moda “FINTECH”.

Lamentablemente muchos de estos avances tecnológicos solo se limitan a mejorar la calidad y rapidez de las algunas transacciones, especialmente aquellas que facilitan el gasto y el endeudamiento. Han surgido miles de plataformas de crédito y de aplicaciones de pago, pero muy pocas se han desarrollado para estimular el ahorro o el consumo consciente.

Sostenemos la necesidad de pasar de la inclusión y la educación financiera, al concepto de “bienestar financiero”. Para lograr esto, se requiere inclusión y educación, pero se debe ir más allá, procurando que las personas tengan seguridad financiera y para ello las familias deben crear lo que nosotros llamamos “Resiliencia financiera”, es decir, la capacidad de resistir las vicisitudes económicas.

Nuestra estrategia hacia el “bienestar financiero” se basa en un sistema que integre tres elementos:  Inclusión, en términos de acceso a productos financieros básicos como el ahorro y el crédito.  Educación entendida como un proceso que debe atender las relaciones emocionales con el dinero, con el fin de dotar al sujeto de herramientas prácticas que les ayude a mejorar la toma de decisiones financiera y, en tercer lugar, vigilar la calidad del gasto, lo cual requiere la apertura de nuevos espacios de inversión que faciliten el re-direccionamiento del gasto hacia productos y servicios que fomente la resiliencia financiera (amortiguadores)

Se entiende el bienestar financiero entonces, como un estado en el cual el individuo tiene acceso a servicios financieros diversos, educación para la toma de decisiones consciente y espacios reales donde poder orientar su presupuesto para asegurar la estabilidad y el bienestar financiero.

 





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